SU TIERNA LUCHA POR UNA MATERNIDAD LIBRE

 ROCÍO REYES

mariajesusblazquez.com-corazónYo de mayor quiero ser «ayudadora»

Los años de instituto… Qué agridulces recuerdos. ¡Cuántas hazañas vividas en esa casa de locos! Exámenes, nervios, estrictas y absurdas normas que día a día nos proponíamos romper… ¡y esas grandes amistades acompañadas de sueños e inquietudes!, los inocentes flirteos por los pasillos, juegos, intercambios de opiniones… o simplemente ese clandestino cigarrillo que pasaba de boca en boca durante aquellos intensos 5 minutos entre clase y clase.

Me presento, soy Arián, aunque mis amigos suelen llamarme «Peque». De  chiquita le decía a mi mamá: «Yo de mayor quiero ser ayudadora». Quiero ayudar a esas personas que duermen en la calle y que no tienen familia. Pues ya empezaba a ser consciente de que el mundo estaba malito y eso no me gustaba un pelo.

Pero como dijo Jack vayamos por partes…

En 2001, con mis 11 años de edad, metí las patitas en el I.E.S Félix de Azara y no las saqué hasta los 18. Creo que 7 años fueron suficientes para darme cuenta de que había muchas cosas que no encajaban dentro de mi visión (demasiado idealista quizás) del mundo, de la educación, de las relaciones humanas…

En primer lugar recalcar que en todo ese tiempo sólo tres profesoras dejaron huella en el recuerdo de mi corazón. Y mi pregunta es: ¿Por qué de los cientos de profesores que pasan por tu vida durante tantos años de adoctrinamiento solo unos pocos te marcan para bien?

La respuesta es sencilla: Todavía hoy existe la figura de «El profesor» como ser totalmente ajeno a sus alumnos, que pone una barrera de hierro entre él y los «niñatos insufribles» a los que tiene que aguantar por un sueldo a fin de mes. Nunca olvidaré la célebre frase de una «encantadora»  profesora de inglés amante de su trabajo:

«Ni vosotros me gustáis a mí ni yo os gusto a vosotros, y ya que tenemos que convivir durante todo un curso más vale que intentemos llevarnos bien».

 Como podréis comprender no lo conseguimos. Pues bien, amigas y amigos, si partimos de esa base, ¡qué nos cabe esperar!

Se pierden valores, se deshumanizan relaciones, no paran de crearse normas tontas y muchas veces innecesarias sin contar con la opinión del alumno, el cual es considerado  un ser sin criterio, sin voz ni voto. Te hacen ver qué es «lo necesario» pero cuando vas a dar tu opinión miran hacia otro lado… Sí, ya lo decía el rey Sol: «Todo por el pueblo pero sin el pueblo».

¿Por qué deshumaniza de esa manera el sistema educativo? ¿Por qué no podemos tratarnos los unos a los otros, los profesores a los alumnos, como a uno más, en lugar de tratarnos como a máquinas cuyo único objetivo es ceñirse al guión establecido? Un guión que, para colmo, cambia cada cuatro años, dependiendo incondicionalmente de quién maneja el bacalao, así no hay quien se aclare.

Yo voto por las clases abiertas y libres, despreocupadas, donde lo importante sea aprender y saber cada día más, olvidando la tensión por sacar una nota medianamente buena en un examen que, al fin y al cabo, no deja de ser un inerte papel, que más que reflejar tus conocimientos, expresa un simple estado de ánimo según el día en el que te pille. Unas clases donde todos participen e intercambien conocimientos, donde el profesor te transmita algo más que una simple parrafada que ya te ha contado el libro de texto. ¿Acaso no es frustrante, señor profesor, que sus alumnos solo presten atención a sus sermones bajo la pregunta: «entra para examen»? Si la profe fuera yo, no me gustaría en absoluto.

Por eso en el año 2003, yo cursaba tercero de E.S.O, las clases de Biología empezaron a interesarme… Siempre recordaré a «Su» entrando por la puerta el primer día de clase, con una graciosa falda que le daba un aire jovial, desenfadado y un pequeño lacito en la cabeza, y así, con esa estampa tan dulce, nuestra profe de Biología se nos presentó. Me gustó su forma de contarnos de qué iba su asignatura, la visión tan amplia que nos transmitió, su ilusión. Salí de clase pensando que el curso que llegaba prometía. Más allá de lo que el guión exigía, «Su» nos dio a conocer un montón de temas interesantes que influyeron mucho en mi forma de ver la vida.

Nunca olvidaré su tierna lucha por una maternidad libre, donde las madres tienen derecho a decidir, a crear su propio mundo junto a su bebé. Es maravilloso cómo transmitía ternura con sus palabras.

Hoy soy consciente de que en un futuro no tengo por qué aguantar que me arrebaten a mi bebé nada más nacer; que no hay una edad límite en la que tengo que arrancarle el pecho de la boca a mi retoño porque ya es «mayor», prefiero escucharle y permanecer a su lado; que no tengo por qué ser cuestionada como madre por nada ni nadie cuando mi bebé llore y acuda a calmar su llanto entre mis brazos, siendo consciente que no por ello lo estoy malcriando.

Ahora sé que existen muchas maneras de criar a tu bebé y todas ellas son válidas siempre que se haga con amor; y que el contacto piel con piel es lo más maravilloso que existe en el mundo (ojalá la gente practicara más el contacto piel con piel, seguro que la violencia disminuía). Ser consciente de todo esto fue para mí mucho más valioso que un 10 en el examen «del Lunes». Las notas han sido ya olvidadas, pero la lucha por aquello que aprendí perdura.

Otro de los temas que me hicieron pensar fue el de los transgénicos. Hasta el momento, nunca me lo había planteado, pero con 13 añitos empecé a ser consciente de que estaba siendo engañada, de que no todo lo que comía era ni había sido producido de la forma que yo creía. Que consumiendo cosas manipuladas genéticamente estaba contribuyendo a la contaminación de otros cultivos ecológicos y a su vez, al aumento del hambre en el mundo. Todos tenemos derecho a conocer cómo y dónde han sido producidos los alimentos que consumimos.

En fin, estos fueron entre muchos unos de los temas que más disfruté debatiendo en clase, reflexionando y buscando la manera de crear un  mundo mejor. Y hoy por hoy, con 20 años y siendo fiel a mi sueño, puedo decir que soy integradora social y que todavía me queda mucho por aprender del mundo. A ver si haciendo la carrera de «Educación social» que empiezo el curso que viene,  descubro sorprendida cambios en el sistema educativo y puedo disfrutar casi tanto como en aquellas lejanas clases de biología, si Bolonia me lo permite, claro.

De momento sigo con la esperanza de levantarme algún día en un mundo nuevo donde la tolerancia y el respeto hacia todos los seres humanos sea la base de la convivencia, y el amor el ingrediente que le da vida. Donde no exista la «inferioridad», que fea palabra, de la mujer con respecto al hombre, del negro con respecto al blanco, del que no tiene medios con respecto al que sí los tiene… ¡y junto con la inferioridad borraremos de un plumazo la superioridad!

El dinero será abolido desapareciendo con él las guerras, la miseria, los «privilegios» ¡a la porra los privilegios!

La religión dejará de ser un yugo dando lugar a la diversidad de creencias y formas de ver la vida, todas conviviendo en paz.

Así es el mundo en el que me quiero levantar.

Yo seguiré buscando alternativas ¿y tú?

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