¡SI TRABAJAS LOS SUEÑOS CON ILUSIÓN, SE CUMPLEN DE VERDAD!

RAQUEL BELSUÉ VILLAR

mariajesusblazquez.com-DSCN3859Pues sí, nada ocurre por casualidad, es lo que me han enseñado mis cuarenta y tres años de vida. Intento resumir una parte de mi historia que abarca mi adolescencia y juventud, pilares  fundamentales para lo que soy hoy en día.

Por nuestras etapas de aprendizaje pueden pasar un gran número de maestros y profesores, pero en nuestro «recuerdo agradable»  hacemos una selección de un «puñado» pequeño, tres, cinco, no muchos más, e incluso uno, dos.

No fue casualidad matricularme en aquel nuevo instituto abierto hacía solo dos años  y llamado con una palabra y un número, mixto, nº…, y aprender de aquel  profesorado veinteañeros casi todos. Allí comenzó el recuerdo al que hoy llamo: «Aquellos Maravillosos Años», así fueron y así los recuerdo.

Tengo más recuerdos de la asignatura de Biología que de las de otras Ciencias. Creo que estaba predestinada para lo que después estudié y a lo que me dedico hoy en día.

Por fin llegó el tercero de BUP, me incliné hacia ciencias, dejando con dolor la literatura y la manera creativa que me hacían para  descubrirla; y con dolor y resignación adopté la terrible asignatura de matemáticas que tanto sudé.

Recuerdo aquel día; entró una joven sonriente percibí que era coqueta, muy madrileña, voz dulce, casi infantil. Con el tiempo también descubrí que tenía una dulce ironía que marcaba su sentido del humor; por su forma de expresarse y dirigirse a nosotros, enseguida supe que era sensiblemente fuerte, observadora  y muy respetuosa con el espacio de cada uno de nosotros. Venía con un amplio abanico de colores para enseñarnos sin que sintiéramos que nos exigía. Esa  sensación tuve; su mente estaba abierta y nosotros con aquella edad éramos todavía como las esponjas, absorbíamos y absorbíamos…

Cada uno de los docentes nos intentaba incentivar en la medida de su imaginación e ilusión por la asignatura que nos impartían y esto, nosotros como alumnos y alumnas, siempre lo notábamos.

No se ha ido de mi mente la primera vez que me enseñó a estudiar la mitocondria, todavía guardo la fotocopia. Veo como quedó en la pizarra después de dibujarla; es mi primera visión de aquella asignatura, fue una tarde. Cada clase penetraba en mí, con vida, sin olvidar que tenía debilidad por la asignatura, mucho más que por la geología. Ni en una ni en otra fui sobresaliente, pero me encantaba, no me importaba ser «normalita».

No puedo aportar la imagen de «Su» durante aquella asignatura. No nos impartía la ciencia por dar el programa sin más, siempre había algo nuevo. Eran los años «80», para mí fueron creativos, hablábamos y pensábamos, pensábamos  y hablábamos. Nos divertíamos descubriendo. Nos presentó algunos libros, hoy  forman parte de mi pequeña biblioteca. «El libro de la Paz de Bernard Benson», nos adelantaba en la posibilidad de salir del riesgo de aquel conflicto termonuclear por la simple unión de todos salvando a la tierra de las guerras de aquellas grandes potencias mundiales. Y llegó el libro de «Sobrevivir de Vitus Dröscher» relatando historias y vivencias sobre sus investigaciones zoológicas. Por entonces no teníamos la facilidad de grabar un programa o documental de T.V., como ahora tienen los jóvenes. Creo que el entusiasmo por aprender y comprobar por nosotros mismos lo que habíamos oído y escuchado  por parte de nuestra «profe» durante aquella jornada, me hacía llegar a casa, sentarme en el sofá, poner la tele y localizar aquel documental que nos había aconsejado ver y redactar para el día siguiente. Por mí misma hacía con ilusión el trabajo, escuchando la voz que iba relatando aquellas imágenes de distintas plantas que ayudadas por el viento esparcían sus  semillas  por la ladera, provocando el nacimiento de más amapolas, encinas, pinos…Era otra forma de estudiar, sin darte cuenta y sintiéndote casi universitaria sólo por el hecho de tomar apuntes. ¡Qué cosas!

A medida que dejo fluir, recuerdo otro «profe» de los «chulis». Nos enseñó que la avenida cercana al instituto, no era una simple calle. En aquel portal o en el de más adelante nos mostraba otra forma de mirar las rocas y los minerales; era granito,  mármol, calizas y además descubríamos sus fósiles.

Recorríamos aquella avenida de manera distinta. El parque cercano al instituto, también era un lugar donde estudiar los árboles y arbustos.

Todos teníamos oportunidad de asistir a pequeñas conferencias o charlas con alguna persona invitada. Un día, «Su» nos dio la opción de descubrir cómo cuidar nuestra espalda, la columna vertebral mirar nuestros músculos, en definitiva a nosotros mismos, no sólo por fuera sino por dentro. Nos presentó a un joven médico naturista, (P.S.), su suave tono de voz al hablarnos nos hacía  estar más atentos.

Ahí comenzó y se abrió una gran ventana para mí. Con aquel joven médico y con «Su» me adentré en un mundo que iba con aquel crecimiento que sentía. El yoga, las danzas griegas, pisar la hierba fresca de la mañana, con mis pies descalzos, aprender que el tronco de un árbol abrazado me daba tanto sin yo pedirlo. Formamos, sin querer,  un grupo de gente que algunas mañanas,  antes de comenzar las clases, practicábamos todo lo relatado. Comprobando que era cierto; la atención a las clases de aquellas mañanas, guardando nuestra postura y concentración, nos hacía salir al mediodía habiendo rendido al máximo y sin gran esfuerzo. ¡Era fantástico! Toda esta energía me llevó a quince años de prácticas y aprendizajes con el yoga. Han transcurrido momentos críticos en mi vida donde esas prácticas han sido un apoyo tremendo. A mis dos hijos les inculqué, con gran libertad, desde el momento de su crianza mis humildes conocimientos y experiencias.

Vuelvo a «Su» a sus clases, a las excursiones por lugares de Aragón y  su Pirineo. Compartimos espacio en el grupo de montaña del instituto. Hice mi primera acampada, mis primeras noches fuera de casa entre montañas y caminatas. Y desde ese recuerdo envío un cariñoso beso a ese compañero y amante de la escalada que tras un accidente tuvo que abandonar este deporte.

La imagen del primer contacto con el laboratorio sus microscopios, los «portas», las disecciones…, eso no se puede borrar. Aquella conferencia en la biblioteca donde nos vinieron a enseñar aquellas culebras, dejándonos tocarlas…

Natural y espontánea era «Su» al introducirnos información sobre la sexualidad. Como si de un cuento se tratara, parecía que aquel óvulo iba eligiendo con qué espermatozoide quedarse y en caso de no encontrarlo, todo el útero, toda aquella habitación preparada para que un ser pequeño se formara, sería vaciado dando lugar a nuestra menstruación.

El cómo descubrir que yo estaba ovulando, el tema de los biorritmos, conociendo nuestros estados de ánimo…, como días previos a la menstruación éramos, nos sentíamos  «horribles» y una vez finalizada éramos las más bellas.

Nos hacía experimentar y comprobar muchas cosas. Aquel cactus en nuestra casa, en nuestra habitación, que tras discusiones o tensiones veíamos cómo se apagaba  o entristecía.

La maternidad y la lactancia. Siempre sentí lo que decía, quizás por mi instinto maternal.

A «Su» siempre la he recordado junto a dos o tres profes más, por su acercamiento y manera de saber llegar a nosotros con su asignatura. Se quedó en mi memoria con agrado.

Terminando esta primera parte, simplemente, contar algo muy importante para mí, como es el hecho de haber  decidido ser madre en dos ocasiones y haber llevado adelante todo aquello que me enseñó porque así lo elegí. Fueron partos preciosos y lactancias eternas, hasta tanto mis hijos como yo, su madre, decidimos dejarlo. Mi primera niña, ahora una adolescente, tomó el pecho casi cuatro años; no ha pasado durante su infancia ninguna de las enfermedades típicas de su etapa. Ni una sola otitis, así mismo mi segundo hijo.

Siempre le estaré agradecida a «Su» por sus inyecciones de información y su manera de dar sus clases. Creo que para hacernos llegar sus conocimientos, luchó porque le dieran espacio en aquellos años.

Siento que dejó muchas imágenes, sensaciones y vivencias que escribir.

Puede ser que cuando recordamos etapas pasadas, con agrado, cariño  y nostalgia, sin nosotros querer tendemos a idealizar una época o lugar. De aquellos años no tengo recuerdo de angustia. Es verdad que aquellas matemáticas me hicieron sudar. Con los años quise entender que aunque siempre me consideré una adolescente madura, no ponía mucho de mí en lo que más me costaba. No sé, a veces el orden de prioridades no es el correcto y menos en esas etapas, a pesar de recordar que los profesores que tuve en aquella asignatura, siempre estaban para cualquier duda. Un tanto gris recuerdo la asignatura de filosofía, tan gris como a la persona que nos impartía por muy inteligente que fuera, pero bueno, ¡había que pasarla!

Evadía estos momentos con aquellos preparativos que con cierta libertad nos dejaba la dirección a la hora de preparar las fiestas entre todos los alumnos que nos brindáramos a cantar y actuar. ¡Qué tiempos!

Hubo momentos en los que hablar con un compañero/a, nos llevaba a estar ausentes físicamente de las aulas, tumbándonos sobre la hierba del parque de al lado, hablar de nuestros problemas o inquietudes, fumar nuestro primer cigarrillo. Aunque siempre mirando el reloj para volver como si nada a la próxima clase.

Como ya he dicho, nunca fui una alumna sobresaliente, era difícil acabar el instituto y llegar a ser enfermera. A finales de los años ochenta, decidí estudiar diurno Formación profesional y nocturno intenté sacar mi bachiller. Acabando aquella formación profesional conseguiría la nota para llegar a estudiar A.T.S. ó D.U.E. como ahora se nos llama. Conseguí mi primer trabajo en una clínica veterinaria de la ciudad, comencé a ser una chica independiente y fortalecida en mi estima al ser seleccionada entre doscientas candidatas. Para mí fue un salto porque no me había visto resaltar a nivel académico para nada.

Como «todo lo que comienza acaba» tomé otra decisión, dejar de ser clínica y comenzar otra etapa mientras seguí mis estudios de enfermería. Estuve dos años como dependienta  en el corte inglés. Aprendí mucha psicología, comencé a viajar a sentir que podía mantenerme pro mí misma y lo mejor, que llegaría donde me había propuesto, sería enfermera. Durante aquellos años pasé a ser  plantilla del hospital Clínico universitario, seguía viajando, iba y venía a Alemania, lugar de mi nacimiento y primera etapa de formación.

Me enamoré y me desenamoré, estuve presente en la caída del «muro de Berlín»…Increíble etapa. Conocí distintas razas, estudiantes, nacionalidades…Dando un giro de 365 grados, os resumiré otras de mis decisiones, tomé un respiro, un paréntesis en el hospital y a la que siempre he sentido mi casa; hago de nuevo mi equipaje y decido durante un tiempo, mi sitio está en el Caribe, en Latinoamérica. Me marcho como cooperante española.

Momentos preciosos, duros, con miedo y riesgo. Con la idea de volver a los seis meses y reanudar mi trabajo en el hospital de mi ciudad, regresaría definitivamente a los siete años después de mi marcha.

Mi trabajo con los más débiles y desfavorecidos me forzaba a tomar oxígeno de otras inquietudes, puesto que lo que vivía   día a día podía llegar a desgastar tanto la parte física como psíquica.

El yoga lo tuve que abandonar sin saber  que aquella concentración y respiraciones que no podía realizar eran justo de lo que vivía y reía a diario. Tome cursos de teatro, doblaje de cine que por casualidades de la vida lo impartían dos de los integrantes de aquel grupo español  «los inhumanos». Estudié pintura, cuyo profesor es hoy padre de mis dos hijos. Aquella asignatura que con dolor dejé en mi bachiller, la literatura, llegó a mí de nuevo, como tertulias, exposiciones…fue precioso. Así podía ejercer mi trabajo ya que luego me esperaba todo este abanico como punto de escape.

La vida para mí es un gran círculo formado por etapas que van y vuelven sin tu querer simplemente dejándote llevar…sintiendo que lo que haces te hace bien y regalando lo mejor de ti.

Os diré que por aquellos «paisajes», que no países, tuve las experiencias más duras de mi vida, trabajé para y con los más marginados, conociendo a los más ricos, pues nunca vi a una clase media como a la que pertenezco. Realidades que solo leía en la prensa o veía en tv, ahora pasaban por mi piel y mi corazón. Experiencias que marcaron más lo que soy ahora y la alegría con la que debo vivir.

Me hicieron dudar de la política, de la justicia, constatar mi rechazo desde niña al clero, sus prácticas y a esa mentira llamada iglesia. Y por higiene mental cambiaré de tema.

También diré que he vuelto a tener ideales políticos, ¿quizás la madurez, o mi altruismo? Soy militante activa de un partido político  español.

Termino y resumo, con los países que más me marcaron, Colombia, Perú, Haití, Cuba, y el Salvador. Esto lo dejo para escribir cuando sea un poquito más mayor.

Estoy en una etapa bonita pero no por eso  fácil. Llevo casi diez años en España, en mi ciudad, Zaragoza y en una zona donde me desarrollé como persona, mi barrio. Aquí quise traer a mis hijos e iniciarlos en su formación. Conecto y me enriquezco con mis pacientes. Valoro lo que estamos perdiendo, el tacto y la conversación, el escuchar, que tan difícil es.

Haber vivido parte de lo relatado me ha costado no tener todavía una plaza fija, e ir de contrato en contrato, pero aquí seguimos. Lo conseguiré, seguro. A veces me asusta la tranquilidad con la que vivo y la seguridad que tengo ¿será la madurez?

En esta última parte donde creo que debo despedirme, me voy hacia un libro que he nombrado al principio y que «Su» puso en nuestras manos, estando tan tiernos por dentro  y por fuera. El libro de la Paz; quizá los adolescentes de hoy lo vieran como algo que no va con ellos; los tiempos han cambiado, es cierto, pero por eso debemos seguir inyectando ideales, formación, diálogo, buenos pensamientos y sentimientos. Explicarles, hasta donde se dejen, la etapa en la que están, sin ponernos de ejemplo jamás. Dentro de pocos años, los que puedan, volverán la vista atrás sintiendo que hay seguir adelante.

A mis 43 años me siento pequeña para plasmar en esa gran pancarta nada escrito o dibujado, simplemente estaré siempre en ella en sentimiento; me faltan fuerzas al ver lo que tenemos alrededor y me dejó fluir no  por comodidad sino por sentimiento. Creo que nos han machacado muchos valores que no enumeraré, pero lo más importante es no perder nunca la ilusión, las emociones, porque estoy convencida que todo lo bueno es contagioso y da sus frutos. Debemos seguir el norte.

Sin caer en cursilerías y a título muy personal os doy las gracias por haberme guiado sin yo darme cuenta. Creo que al menos en mi generación ha habido frutos muy valiosos de gente preciosa.

Mi pequeña, la mayor de mis dos hijos, está en el mismo instituto que yo estudié, está con vosotros, espero que encuentre su camino de futuro entre vosotros y yo, «su casa». Porque otra vez: No existe la casualidad. Ella con toda libertad deseó entrar a formar parte del mismo instituto, aquel que entonces se llamaba mixto número… Sé que está en buenas manos.

 

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