Prólogo de Jesús García Blanca

Investigador independiente y escritor.

Si tuviera que buscar una palabra para explicar lo que me evoca María Jesús, esa palabra sería sin duda, Vida.

La conocí hace cinco años, cuando yo escribía y editaba artículos para la revista Mente Sana y me llegó su trabajo en la asociación Vía Láctea. Acordamos un primer texto sobre Ecología en el comienzo de la vida al que siguieron otros igualmente sugerentes, profundos, esmerados y rigurosos, pero siempre llenos de esa emoción que María Jesús trasmite de modo espontáneo.

Después de aquello, nos mantuvimos siempre en contacto, en la distancia, intercambiando esta o aquella información, compartiendo artículos, libros o enlaces a videos… y la conocí personalmente cuando surgió de entre el público que atestaba la sala de conferencias de la Fira Slow Food de Balaguer, a la que el amigo Josep Pámies me había invitado, para lanzarme unas palabras de aliento al final de mi intervención que reconozco un tanto pesimista y dramática.

Mucho antes de leer esta dolorosa declaración de amor por su profesión, ya sabía que compartíamos una visión crítica de las cosas y la lectura de ciertos autores claves con Máximo Sandín a la cabeza, a cuya labor y aportaciones llenas de inteligencia crítica, rigor, honestidad y lozanía, María Jesús dedica un sugerente capítulo.

De modo que la lectura de estas páginas, durísimas, comprometidas y esperanzadoras a un tiempo, no han hecho más que confirmar esa andadura común y añadir una dosis extra de incondicionada admiración. Sobre todo, al comprobar que también compartimos una enorme contradicción: la de trabajar inmersos en un sistema educativo que criticamos profundamente; con la diferencia de que ella sí ha resistido hasta el final y ha salido indemne de una lucha diaria por sus alumnos y contra la indolencia. La prueba más evidente es este libro.

María Jesús se expone con valentía, abre su corazón y nos muestra un largo, intenso y complejo proceso que adivinamos lacerante y que comienza con su primer destino en ese pueblo pinariego en la ibérica soriana, San Leonardo, el día que imparte su primera clase, que es, como ella dice en su inimitable estilo, «como el primer beso, no se olvida nunca», y continúa durante toda su vida de enseñante, «saltando las olas», aprendiendo a contracorriente.

Ese proceso, esa trayectoria vital, provocan que la crítica penetrante y apasionada que hace de su profesión y de la institución educativa en la que ha ejercido durante décadas, sea en sí misma, y por su actitud constructiva, un homenaje sentido, un canto de solidaridad con los chicos y las chicas que tuvieron la suerte de pasar por sus clases.

María Jesús recuerda con cierto amargor sus días de escuela, en los que vivía atemorizada por no saberse la lección, y con nostalgia el maravilloso álbum de cromos Vida y Color, o sus aventuras de adolescente en el Gregorio Marañón madrileño. Pero sobre todo evoca con agradecimiento a ciertos profesores de la facultad en la Complutense, como Alfredo Carrato, que había sido discípulo de Ramón y Cajal, o Bermudo Meléndez, un apasionado de los fósiles.

Muy poco después, ya licenciada, María Jesús revolucionó literalmente el Instituto: Leonard Cohen, El Principito, técnicas de relajación, Qi Gong, microgimnasia y recuperación postural, bailes en el recreo, huerto, rebelión contra los exámenes, experiencias prácticas inolvidables, incluyendo un parto real… y las «lecciones prohibidas»: el placer y la sexualidad, la fertilidad, la ecología al comienzo de la vida, el parto desde la perspectiva de la ecología, la madre como primer hábitat del ser humano, el amamantar como acto de salud, el valor del sentido del tacto en las relaciones humanas, la nueva biología… todo un catálogo de provocaciones, servidas de la mano de esas personas lúcidas, honestas y valientes muchas de las cuales han sido una referencia constante también en mi vida: Wilhelm Reich, Michel Odent, Krishnamurti, Nicola Tesla, Merelo Barberá, Ashley Montagu, Jean Liedloff, Pablo Saz, Máximo Sandín, Casilda Rodrigáñez, Rene Quinton… y otros a los que he ido conociendo cuando abrí, en parte gracias a María Jesús, la puerta de la Nueva Biología: Lynn Margulis, Mae Wan Ho, Bruce Lipton, Rupert Sheldrake, Jairo Restrepo, Mu Shi Jhon, Mauricio Abdalla o Jon Ortega.

«Necesitamos ser alquimistas capaces de transformar el miedo en confianza, la rigidez en compasión y el resentimiento en ternura»: así expresa María Jesús el núcleo de su profesión, de la difícil profesión de enseñante, y añade que «para que esto sea posible es necesaria una transformación interior mediante un trabajo personal que despierte la conciencia, porque el verdadero origen de nuestras reacciones emocionales no está en lo que ocurre a nuestro alrededor sino en el interior, en las memorias dolorosas de nuestro inconsciente, que influyen en las reacciones emocionales ante todo lo que nos sucede en la vida».

Imagino el efecto que puede producir en un puñado de chicos y chicas de un instituto cualquiera compartir su día a día con alguien que tiene esta visión del mundo… lo que me lleva a pensar que necesitamos más profesionales con ese bagaje de rebeldía y claridad de visión, que sean capaces de trasmitir conocimientos desde el corazón y las entrañas.

La constante reflexión crítica que recorre de principio a fin este libro es, o debería ser, toda una revelación para quienes se sientan ahora en las aulas de las facultades de biología… o de cualquier otra, especialmente si tiene relación directa con los seres vivos.

« ¿En qué se parecen los libros de texto a la comida procesada?», se pregunta María Jesús. Y se responde ingeniosamente: «Con el uso de los libros de texto se ha dejado de leer otros libros, se ha perdido la curiosidad y la emoción de la búsqueda en otras fuentes, se ha perdido el gozo del esfuerzo de la investigación y el arte de la elaboración de «apuntes orgánicos». De la misma manera, cuando se consume la comida procesada y elaborada, se deja de cocinar alimentos frescos de temporada y de proximidad lo que supone una desvitalización del organismo y una pérdida de la salud».

Más preguntas fundamentales e incómodas: «¿Por qué no se facilita el autoconocimiento? ¿Aciertan aquellas personas que hablan de una agenda oculta de la educación que está programada para provocar el desconocimiento? ¿Cómo y cuándo se accede al conocimiento de la Salud, en la  escuela, institutos o en la universidad? ¿Cómo se llaman Ciencias de la Salud aquellas que se dedican a estudiar las enfermedades? ¿Cuándo se aprende a cuidar y el valor de los cuidados? ¿Cuándo se aprende la diferencia entre curar y cuidar? ¿Queremos tener una sociedad de individuos libres, creativos e independientes, capaces de apreciar y aprender  de los logros culturales del pasado y contribuir a ellos? ¿Queremos eso o queremos gente que aumente el PIB?»…

Y así, podríamos continuar sin pausa, porque todo el libro es en sí mismo una enorme interrogación sobre el sentido del aprendizaje, sobre la ética del enseñante, sobre la responsabilidad de los poderes públicos en relación con la salud, con las ciencias de la vida, con la protección del planeta, una interrogación desgarradora que María Jesús esperó mucho tiempo hasta ser capaz de formular públicamente, pero que ahora irrumpe como un grito, como una advertencia, como una provocación para que reflexionemos, para que abramos nuestras mentes y corazones e iniciemos nuestra propia búsqueda como seguramente lo habrán hecho muchos de los chicos y chicas que pasaron por su clase y como seguramente lo harán los lectores de este libro atrapados sin remedio en las palpitaciones de su biocampo magnético.

Gracias, profe. Queremos que nos des más lecciones prohibidas.

Jesús García Blanca.

Cortijo El Barranco. La Alpujarra.

2 de mayo, 2017.

Enlace al blog que edita Jesús Garccía Blanca. SALUD Y PODER 

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