MI PASO POR EL INSTITUTO FUE COMO UNAS VACACIONES EXTENSAS

 

ALBERTO A.

mariajesusblazquez.com-LUZAZULEra el año 1980. Yo comenzaba una nueva etapa: mi «segunda vida». Esto es lo que ocurre cuando uno repite curso, cambia de centro y de amigos. En esos días aún no había conocido a «Su», aunque sí a parte de su entorno, de su círculo de amistades…

A mí me gustaban más la “dulce Jane” de Lou Reed o Lucy y sus diamantes, de Lennon; Cohen no era capaz de llenarme. Pero allí, en ese centro llamado Mixto… se respiraba Cohen, Dylan, Brassens, Sabina, Pink Floyd… y la canción del Cola-Cao. Todo eso me gustaba.

Un año más tarde, la conocí. «Su» no era como la había imaginado; vestía de otro modo, hablaba despacio… y yo era capaz de entender todo. Claro que era más fácil para alguien que empieza una nueva vida y no desde cero, pues se dispone de más tiempo y puede uno permitirse el lujo de divagar, de investigar, de pensar e, incluso, de vivir.

No recuerdo especialmente cómo eran  las clases que impartía «Su», ni las de otras disciplinas. Para mí, todo era igual de aburrido: aprender porque sí, sin ganas, sin entender para qué, estudiar por obligación las materias que marcaban los Programas impuestos… Yo he intentado siempre estudiar lo que me gustaba, por el placer de saber; pero así no se llega a ningún lado, y en esta vida te empujan (y «te empujas») para que llegues a algún sitio. Por eso no suelo guardar un recuerdo claro de las asignaturas impuestas, ni tampoco de todos los profesores –excepto de los excéntricos–. Su no era excéntrica; era distinta. Lo que sí recuerdo era su motivación, su punto de vista distinto, su enfoque holístico… Algunos la llamaban loca, o algo así, pero eso me parecía un halago hacia ella. Yo quería también estar así de loco.

Mi paso por el Mixto… fue como unas vacaciones extensas, que no se acaban y que no quieres que terminen nunca. Llegué a él con diecisiete años, y de eso hace ya treinta; ahora estoy ya por mi «cuarta vida» y es el momento en el que descuelgo la mochila que llevo en la espalda, la vacío y miro su contenido, con la intención de ordenarlo. Y hay muchas fotos de esa época, y té y algunas naranjas traídas de China, de esas que nos daba «Su» cuando íbamos al río con ella. Y me doy cuenta de que esos tres años de mi vida me llenan casi como treinta. Y no es solo por las amistades, ni por los conocimientos adquiridos ni por la nostalgia de la juventud; es por todo ello pero, sobre todo, por esas excursiones, por esas explicaciones fuera del horario reglamentario, por esos «hermanos mayores», por la paciencia infinita, por esos chistes malos, por las canciones, por esos consejos, por otro «punto de vista»… por todo eso que, según veo en la mochila, hicieron algunos profesores del Instituto. Y sobre todo, por esas naranjas de «Su». Realmente hay recuerdos del «profe» de Ciencias, del de inglés, del de Matemáticas, de la profesora de Biología, del Jefe de Estudios, y de pocos más. Recuerdos de aquellos que, por alguna razón –y no precisamente académica– influyeron en mayor o menor medida en mi vida. Y es que yo quería ser como esas personas, como esos «hermanos mayores» tan listos, con la solución para todo. Los profesores que tuve en mi vida anterior (mi primera vida) eran viejos –muy viejos–, autoritarios, nada comprensivos, no sabían motivar a sus alumnos, eran injustos, te hacían la vida imposible… Así lo viví yo, y es por eso que mis recuerdos del Mixto… (Mi Instituto), son tan buenos.

No conseguí terminar mis estudios universitarios. Me planteé la vida de forma diferente, dejándome llevar por el corazón, por la inconsciencia, por las prisas de «ser mayor» cuanto antes, por el ejemplo –nefasto ejemplo– de unos amigos que en realidad no lo eran. Esa fue mi «tercera vida», de la que no me arrepiento. Tenía que pasar por ella; tenía que vivirla. En este periodo no me fueron útiles los conocimientos adquiridos académicamente, ni tampoco los que hablaban de futuro, de vida, de alternativas, y que me fueron regalados por esas personas importantes, por esos “hermanos mayores”. Y así llegó mi «cuarta vida», en la que me encuentro ahora. Una etapa en la que aprovecho todo lo recogido hasta hoy. Convertí mis hobbies en profesión, estando así rodeado de la música, de la imagen y de los libros. Y pasé a convertirme en hermano mayor de mi hijo, enseñándole todo aquello que, ciertamente, voy sacando de la mochila: una forma de vida. Una manera de vivir no reglada, no basada en la uniformidad. Llena de paz, amor, solidaridad, ayuda… y de todos esos sentimientos de hace treinta años, que vuelven a mí y comprendo que sí eran buenos, que me sirvieron, que me ayudaron.

Mis años de Instituto no marcaron mi vida definitivamente, pero sí dejaron una profunda huella en mí. Y hoy los revivo con más fuerza, porque mi hijo emprende el camino de la ESO este año, y lo hace en ese mismo instituto. Es como si se cerrase un ciclo, o algo así. Se encontrará con algunos de mis antiguos profesores, y será algo así como si se cerrase un ciclo. Y se encontrará con «Su», y seguramente se llevarán bien, porque ella verá en él mucho de lo que me «regaló» a mí, y podrán hablar de ciencia, de música, de la vida, de esa energía que hemos tomado prestada y que debemos usar para algo positivo antes de devolverla. Y sabiendo que él está en buenas manos, podré ir a pasear con mi compañera a la orilla del río, a ver pasar las barcas y a escuchar esa canción de Cohen que ahora llevo en mi “emepecuatro”, la canción de Suzanne.

Sin darme cuenta, llegaré a mi «quinta vida» disfrutando de la fotografía, de la música, de la montaña… de las mismas aficiones que empecé a saborear cuando iba al Instituto. Tuve suerte de estar allí.

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