LO MÍO ERA UNA ADOLESCENCIA LLENA DE AMOR

DIEGO YAGÜE PERAITA

mariajesusblazquez.com-arcoirissoñadoEn un Instituto de un pueblo de Pinares. 

Por aquellos días nos encontrábamos en un «impasse» entre una dictadura atroz, de la cual aún rezuman algunos jugos, y la tan traída y llevada «Constitución de 1978».

Pero lo mío era una adolescencia llena de amor, pasión, actividad frenética y mucho, mucho baile.

El paso de la E.G.B. en la escuela, con maestros «del régimen», al B.U.P. en el instituto, con un profesorado muy al día y con ganas de transformarlo todo, significó para mí un cambio tan brutal como lo es la propia adolescencia. Ese tránsito de los 13 a los 18 años te marca para toda la vida. Y si yo ya me había sentido diferente durante toda mi niñez, a pesar de no querer sobresalir, la adolescencia era el tiempo de reafirmar esa diferencia o de hacer lo contrario.

Y entonces llegó «Su». Casi tan joven como nosotros. Siempre con una sonrisa en los labios y, sobre todo, con unas ganas de trabajar y de cambiar el mundo como no he visto a casi nadie hasta el día de hoy.

El primer año le tocó impartirnos clases de dibujo artístico y tutorías; entre los temas que introducía en dichas tutorías no faltaban el aprender a relajarse, las distintas tendencias sexuales, la masturbación, etc. Temas que a gran parte del grupo les escandalizaban, pero a mí me daban una vidilla y a la vez un atisbo de esperanza de un valor incalculable.

Por lo pronto, me ayudó a entender que lo que yo sentía no era ninguna aberración, ni enfermedad, como la mayoría de la gente pensaba y decía. Poco a poco fui ganando seguridad con respecto a mis sentimientos, hasta estaba orgulloso de ellos, así como de que alguien más los entendiera.

Pero ella era bióloga, y en el curso siguiente pude saborear un montón de clases magistrales de Ciencias Naturales sobre la célula, las mitocondrias, los gametos, las encimas, la evolución de los seres vivos… Hasta nos dejaba ver sus apuntes universitarios para empaparnos de esa forma de estudiar la vida. No eran tiempos de Powerpoint, pero la cantidad de dibujos en la pizarra y gráficos para comprender la materia era abrumadora. Creo que la mayor parte de los alumnos disfrutábamos con sus clases y afrontábamos los exámenes con mucha más tranquilidad que en el resto de asignaturas, aunque he de confesar que mis asignaturas favoritas siempre fueron los idiomas, en este caso el inglés.

Recuerdo también algunas excursiones al Cañón del Río Lobos; el entorno era inmejorable y la compañía tan grata hacía que cargásemos las pilas para unas cuantas jornadas.

Otro momento muy especial para mí fue cuando «Su», que no escatimaba en recomendarnos lecturas de Leonard Cohen (Mi juego favorito, Los hermosos vencidos), de Hermann Hess (Sidharta, El lobo estepario), o de Saint-Exuperi (Le petit prince), apareció en clase con un libro de canciones de Leonard Cohen. Era una versión bilingüe, con los textos originales en inglés y su traducción al castellano. A mí se me debió de iluminar el rostro. El resultado fue que Su acabó regalándome y dedicándome su ejemplar, sabiendo que a mí me chiflaban la música y el inglés, aunque a Leonard Cohen sólo lo conocía remotamente en aquellos tiempos. Pues bien, he conservado este libro hasta hoy mismo, así como un libro de poesías de Kavafis, y extravié «Los nuevos alimentos, los alimentos terrestres», de André Gide. Todos ellos me fueron descubiertos por «Su» y merecen una segunda lectura, ya que, como el buen vino, mejoran con el paso del tiempo.

En general, el recuerdo que yo guardo de mi paso por el instituto es muy bueno, lleno de momentos alegres, de descubrimientos inesperados. No solía tener problemas con las notas. Pero algo que no me gustaría que se repitiese es tener que ir al final del curso a la capital de provincia a que nos examinasen de todas las asignaturas los profesores del instituto del cual dependía el de mi pueblo. Era una especie de “examen final” o de reválida, después de haber realizado las correspondientes evaluaciones durante el curso con los profesores que nos impartían cada asignatura. En algunos casos no valoraban las evaluaciones, solo el examen final. Esto creo que es algo impensable hoy día, pero por si todavía sucede en algún sitio, lo denuncio.

También me gustaría que desapareciera todo tipo de discriminación, ya sea por razones de raza, sexo, etc.  En este terreno pienso que queda todavía mucho trabajo por hacer, especialmente en cuanto a la educación que nos enseñan en cada hogar nuestros padres o tutores con su ejemplo. Y no cabe duda de que si los padres pierden el respeto a los profesores, muchos de sus hijos seguirán su ejemplo. Claro que en mis años de instituto, a finales de los 70, casi todo era peor. Han pasado más de 6 lustros y ahora, a mis 48 años sigo viendo que aunque muchas cosas han mejorado, otras  siguen igual o han ido a peor; por ejemplo, la falta de motivación y el sentido del sacrificio de los adolescentes  de hoy en día.

Yo estuve barajando la posibilidad de estudiar Veterinaria, pero al final pudo más mi atracción por los idiomas. Después trabajé unos años como profesor de inglés en una academia en Zaragoza. Pero como no estaba del todo satisfecho, me tentó de nuevo la idea de estudiar y me embarqué  en la Diplomatura de Biblioteconomía y Documentación. Lo de trabajar y estudiar a la vez es duro, pero es una experiencia que recomiendo a todo el mundo, siempre que tengas claro lo que quieres.

Hace ya diez años que trabajo en una biblioteca pública municipal, en Zaragoza. Y desde luego, me siento más realizado que nunca.

Me casé en 2008. Nunca fue una de mis prioridades ni de mis ilusiones. Pero llega un día en que quieres celebrar, con tu gente más cercana y más querida, que compartes tu vida con la persona que amas, y que quieres seguir haciéndolo, mientras que el cuerpo y los sentimientos aguanten. Y si de paso se convierte en una celebración-reivindicación, mejor todavía.

Me gusta viajar y conocer el mundo hasta donde pueda. Y no hace mucho tiempo retomé una afición de mi adolescencia que tenía casi olvidada: tocar la guitarra.

 

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