LAS CLASES DE «SU», NO ERAN ORTODOXAS

 MARTA CASTRO

mariajesusblazquez.com-50-mariposa de espiralesMe llamo Marta  y cursé bachillerato unificado polivalente (BUP) en el Instituto Félix de Azara de Zaragoza durante los años 1992 a 1996.

El disco duro que es mi cerebro ha “archivado” muchos de los recuerdos de los años que pasé en el instituto. Sin embargo, las emociones, las sensaciones siguen disponibles, y más que las anécdotas o los hechos puedo evocar mucho mejor lo que sentía en aquella época. Recuerdo los años de instituto como positivos, a pesar de que de los 14 a los 18 años, la vida es algo confusa y los altibajos emocionales, constantes. Además, la memoria tiende a aderezar los recuerdos con hechos no ocurridos realmente, con lo que éste y todos los relatos así como todas las biografías del mercado probablemente no se adapten con suma precisión a la realidad.

En 1992, con 14 años, comencé el primer curso en mi nuevo instituto, en la clase de 1ºC. A la tutora de mi curso la llamaremos «Su» , que además era la profesora de Ciencias Naturales. Recuerdo sus clases con especial cariño, no tanto en cuanto a contenidos científicos, pero sí en cuanto a lo que SENTÍA en ellas. Y es que la mejor manera de aprender es a base de emociones, como me han explicado posteriormente algunos psicólogos. Las clases de «Su» no eran ortodoxas, no se limitó nunca a dictarnos la lección, nos hacía pensar, nos hablaba con claridad. Creo que personalmente, gracias a su manera de enfocar la asignatura me hizo enamorarme de la biología. Lo primero que recuerdo de las clases de «Su» es la comodidad. No es algo baladí: en otras clases de otras materias no acababas nunca de sentirte relajado, había cierta tensión que hacía incómodo y poco fructífero el tiempo. También me acuerdo de que se notaba que a Su le apasionaba la biología. No se pueden fingir las pasiones, el alumno sabe perfectamente si realmente el profesor «cree» en el mensaje que está dando. El entusiasmo en un profesor es como el agua que va colina abajo: llega a todas partes y empapa todo. Y eso era lo que ocurría, era fácil salir empapado de biología de las clases de «Su».

Recuerdo especialmente cuando «Su» nos habló del ciclo menstrual. No podría evocar exactamente los términos que ella empleó, pero sí el impacto que para mí y para todos mis compañeros supuso su relato. Posiblemente no había nada de raro en él pero quizás era la primera vez que nos decían las cosas claras, con su nombre, sin aditivos. Recuerdo también una excursión al galacho de la Alfranca y que luego «Su» nos pidió hacer una redacción sobre lo que habíamos visto y lo que habíamos sentido. Recuerdo que para mí no fue una simple salida, recuerdo que fui consciente del tesoro que suponía el galacho, de que dentro de él convivían muchos seres vivos, que no era sólo tierra y plantas al lado de agua. Cambié mi visión, es decir, aprendí.

De aquellos años, y de los que vinieron posteriormente en mi vida de estudiante, lo que menos me gustó fueron las evaluaciones. Con las evaluaciones se buscaba (y se sigue buscando) cuantificar solamente la capacidad de memorizar. Otras capacidades que son iguales o más importantes para la vida, como el análisis o la síntesis se quedaban generalmente fuera. No se hacía hincapié en el «saber hacer», sólo en el «saber», que se evaluaba como he comentado previamente, solamente como la capacidad de memorizar. ¿Qué ocurría con el verdadero aprendizaje, el que permanece en la memoria a largo plazo? Porque siendo sinceros, ¿de cuánto nos acordábamos una semana después del examen? ¿Y de cuánto nos acordamos a día de hoy? En fin, siempre tuve la sensación de que en realidad me evaluaban por debajo de lo que realmente había aprendido, siempre me sentí perjudicada en las evaluaciones.

Actualmente tengo 31 años y continué mi vida por la senda de la Biología, quizás en gran parte gracias a «Su» y a su contagioso amor por la Biología. Estudié Veterinaria, una carrera que me apasionó. Comencé a colaborar con un departamento de la Universidad, en el que actualmente continúo y mi pasión por la ciencia sigue intacta. En lo personal, sigo teniendo los mismos gustos que en los años de instituto, entre ellos la lectura, el deporte, la música, aunque también tengo mucho menos tiempo para disfrutarlos. Quizás es que, en el fondo, no cambiamos tanto, y que los años de instituto, como los de escuela, son el germen de lo que luego seremos.

Sobre el futuro del mundo. Me gustaría que se terminaran las desigualdades, el gran mal de todos los tiempos, ese bicho contra el que muchos han estado luchando toda su vida desde que existe el ser humano. Me gustaría que los niños no estuvieran sometidos a la esclavitud, los niños tienen que jugar, tienen que crecer y formarse, ser libres (todo lo libre que se pueda ser) cuando sean adultos. Me gustaría que los niños no fueran utilizados como soldados o sicarios. Quisiera que esos niños tuvieran otra salida que empuñar un arma e hipotecar así instantáneamente su presente y también su futuro. Nadie elegiría una vida semejante de tener alternativa. Quiero que las mujeres seamos de una vez iguales a los hombres, en este primer mundo y sobre todo en los otros mundos, cada vez más cerca en la Era de la Información y sin embargo cada vez más lejos en el olvido. Desearía que se terminaran de una vez las guerras, todas, las mediáticas y las silenciosas, que viviéramos de acuerdo a los recursos que poseemos sin verter sangre para apropiarnos de todo. Sobre nuestra sociedad, desearía que viviéramos más despacio, disfrutando del camino, libres de odios y crispación.

Como individuos no podemos cambiarlo todo instantáneamente, hay realidades profundamente arraigadas en la idiosincrasia de los pueblos. Pero la Humanidad como colectivo ha conseguido muchas cosas a lo largo de la Historia. Se luchó y se consiguieron derechos civiles y laborales, el sufragio universal, el voto femenino.  Las cosas cambian y podemos hacer mucho individualmente para que eso ocurra, empezando por nuestro propio entorno. Podemos ahorrar en recursos: no dejar los grifos abiertos al lavarnos los dientes, no dejar la televisión en stand by, etc. Estos hechos no son sólo ecologistas. Estoy convencida de que en un tiempo no demasiado lejano comenzarán guerras por los recursos energéticos y el agua. Tenemos que evitar que eso ocurra. Podemos dejar de comprar productos de compañías sospechosas de utilizar niños para la elaboración de los mismos. Podemos presionar a los Gobiernos para que dejen de vender armas a los países en guerra. Hay ONGs que se encargan de ello. Podemos comprar productos de comercio justo.

Hay otros hechos cotidianos más fáciles de hacer. La crispación se curará sonriendo a tu vecino en el ascensor aunque no tengas ganas o simplemente acordándote de utilizar palabras como «hola, adiós, gracias, por favor». La crispación se suavizaría cediendo el paso a los peatones en los pasos de cebra o el asiento a la gente que lo necesita más que tú en el autobús.

 «Podemos cambiar el mundo, no dejes que te engañen. No te rindas».

24-04-2010

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