LAS CLASES DE BIOLOGÍA FUERON DIFERENTES

MIGUEL ORÓS MARTIN

mariajesusblazquez.com-51-nautilusRecuerdo como si fuera ahora la visión de un parto grabado en vídeo en una de las clases de Biología. Era la primera vez que la mayoría de los adolescentes de 16 años que estábamos allí presenciábamos aquel sorprendente acontecimiento. Es uno de los recuerdos más intensos de mi experiencia con las clases de Biología y es posible que de mi paso por el Instituto. Aquél Instituto que tanto me dolió dejar.

Entre risas cortadas, pero profundamente impactados, asistíamos al nacimiento de un niño y, desde entonces, ésa ha sido la primera imagen que me ha venido a la mente cuando he oído hablar de Biología, e incluso de Ciencias naturales en general. Ése ha llegado a ser el principal recuerdo que yo, estudiante de algo que al principio parece tan frío como el Derecho, tengo de mis clases de Ciencias.

Mi experiencia con las Ciencias durante la educación secundaria fue bastante diversa y encontré de todo: desde momentos y conocimientos imborrables hasta ciertas frustraciones con la tabla periódica, sus elementos y las valencias. Visto desde ahora, desde la actual perspectiva en la que la etapa del Instituto aparece como un ciclo ya finalizado, quizá lo que más y mejor recuerdo son aquellos instantes en los que la persona que estaba allí, fuera quien fuera, enfrente de mí y de mis compañeros, lograba entusiasmarnos con lo que nos estaba contando. He llegado a darme cuenta de lo difícil que es conseguir eso, y más con chicos y chicas de 15 ó 16 años, edad en la que se está pendiente de casi todo menos de estudiar. Al menos, eso me pasaba a mí. Aun con todo, de las clases de Biología me llevé experiencias muy agradables, como también de las clases de Cultura clásica, Geografía, Historia y de aquellas otras materias de las que, aparte de los necesarios conocimientos, aprendí a apreciar otras muchas cosas.

He empezado este relato aludiendo al nacimiento de un niño como el recuerdo más icónico de mis clases de Biología, pero también tengo muy presentes aquellas charlas sobre la importancia de la lactancia materna o sobre los problemas de los alimentos transgénicos, las cuales me hicieron apreciar la valentía y el esfuerzo de ciertas personas por ejercer la crítica sobre aquello que se silencia o que simplemente es aceptado sin más por la mayoría. Todo ello me hizo reflexionar, y puedo afirmar que a muchos de mis compañeros les pasó lo mismo, aunque el grado de convencimiento fuese mayor en unos que en otros. Y, cómo no, aquellas palabras de Carmelo Ríos sobre los delfines que nos supusieron una cura de humildad al darnos cuenta lo que encierran detrás de sí ciertos elementos como el agua que, quizá por su cotidianeidad, no nos permiten apreciar su importancia. Esas experiencias son algo que ahí queda, para siempre.

Y es que, las clases de Biología fueron diferentes. Mis estudios posteriores no han ido por la rama de las Ciencias, las cuales nunca llegué a apreciar verdaderamente en el Instituto, quizá en parte, debido a que muy pocas veces nos mostraron la incidencia tan directa que tenían en nuestras vidas la Física o las Matemáticas. A muchos de nosotros, en nuestros 15 ó 16 años, se nos hacía difícil apreciar la importancia de ciertas materias que, en muchas ocasiones, solamente eran tratadas en clase de un modo abstracto y muy separado de su relevancia práctica. Podría decir que es la espina que se me quedó clavada en lo relativo a las Ciencias, y de la que he tenido bastante tiempo de arrepentirme después. Pero, como he dicho, las clases de Biología eran diferentes, y todos los recuerdos que de ellas me quedan reúnen como característica esencial la lucha por hacer llegar a los alumnos ciertos planteamientos sinceros, combativos y para nada acomodados a lo que socialmente es a veces aceptado como si fueran dogmas de fe.

Y es curioso porque, posteriormente, durante mis años universitarios estudiando Derecho, he tenido la oportunidad de conocer los diversos problemas que las leyes tratan de solucionar y como, del mismo modo que con la Biología, existe gente que, aquí también, se esfuerza en avanzar por encima de lo establecido y de llegar más allá. De esta manera, he llegado al convencimiento de que desde cualquier campo de conocimiento se pueden hacer cosas por cambiar el mundo o, al menos, intentarlo. Que la enseñanza de la Biología o el Derecho no se tienen por qué ceñir solamente a la exposición objetiva de las cuestiones que caigan dentro de su objeto de estudio. Que no importa lo que se estudie o en lo que se trabaje, porque siempre se puede aportar parte de tu tiempo o dedicación a ir en esa dirección. Y que lo más importante está, quizá, en la actitud de las personas, ya sean profesores, biólogos o juristas.

Ése es el mensaje final que me gustaría dejar por si a alguien sirven estas palabras, especialmente para quienes tengan que decidir por donde seguir al acabar el Instituto y se encuentren inseguros, como me pasó a mí. Que a todo lo que se hace se le puede encontrar algo bonito si se hace con entusiasmo, como me mostraron aquellas clases inconformistas y nunca tópicas de Biología.

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