LA ODISEA DE CRISPÍN

ALEJANDRO NAVARRO

mariajesusblazquez.com-espiral-tunelHáblame, musa, de aquel varón con el cerebro lleno de dudas que, después de abandonar la seguridad del colegio privado, llegó al instituto, conoció nuevas costumbres y padeció en su cerebro gran número de impactos y revoluciones neuronales, cuando intentaba adaptarse al mundo descubierto de repente y sin previa preparación para ello.

Corría el año 1983, cuando Crispín, el de indecisas neuronas, tras 11 años, toda su vida académica, en un colegio privado en el que todos, «educadores y educandos» se conocían desde que aquéllos contaban tres años de edad, y cuyas aulas no contaban con más de 15 ó 20 educandos, viose en la difícil situación de tener que decidir entre continuar allí o trasladarse a un nuevo e ignoto lugar llamado instituto. Resolvió Crispín, el de indecisas neuronas, lleno de dudas y sin gran determinación, como aconteciera siempre que se veía en la obligación o necesidad de decidir algo, ir al instituto…

Cuando la Aurora de rosáceos dedos anunció el día en que Crispín debía comenzar su periplo por aquel ignoto universo llamado instituto, no estaba preparado para todas las cosas que habrían de acontecerle en el ánimo.

El primer impacto hizo que sus ya atribuladas neuronas, llegaran a un grado de máxima confusión: en el aula encontrose con 40 condiscípulos, a los que jamás había visto antes en lugar de los 15 ó 20 a que estaba habituado y a los que conocía desde su más tierna infancia. Aquéllos parecían dividirse en dos grandes grupos: los «heavies» y los «punkies», términos que a Crispín, el de, nunca más que entonces, confundidas neuronas, pareciéronle cosa de otro planeta. No habiendo salido  todavía Crispín de la turbación que embargaba su ánimo acercósele uno de los llamados «punkies de grasienta cresta» y dirigiéndose a Crispín le preguntó:

« ¿Tú qué eres heavy o punky?».

Quedó Crispín perplejo ante tal pregunta y el punky, viendo la reacción de Crispín, respondió él mismo, ¡ah, vale!, tú eres normal, ¿no? Crispín, sin terminar de salir de la turbación que tal pregunta causara en su ánimo, contéstale:

 «Sí, eso es», aunque no estuviera, ciertamente, convencido de ello.

Transcurrieron los primeros días con sus noches y fuese reponiendo Crispín, el de indecisas neuronas, de todos los impactos por su mente recibidos. Fue por entonces cuando, ya con más claridad de pensamiento, concluyó Crispín, que acaso el ambiente de aquel lugar se asemejaba más al mundo real, que aquel otro en el que había transcurrido su vida hasta entonces, y pensó que acaso, esta vez sí, había tomado la decisión correcta.

Imposible habría sido, de haberse tratado de una contienda, hablar de victoria a lo que aconteció a Crispín, de indecisas neuronas, en la primera de las evaluaciones. Sólo obtuvo dos éxitos: en lo referente al dominio de la lengua de los bárbaros de la, así llamada por los romanos, Britania, y en lo concerniente a los fenómenos de la Naturaleza y los seres que en ella moran y que de ella forman parte.…………………………………………………….

Pensó Crispín que esto no era digno de halago, pues la lengua de  Britania ya era para él conocida de mucho tiempo atrás y, en lo concerniente a los fenómenos y seres que este mundo moran, sentía Crispín inclinación hacia el tema y, según pensó él, contribuyó a ello el participar en el así llamado «Grupo Naturalista», en el que se instruyó Crispín en el arte de la observación e identificación de la Naturaleza (y algunos otros asuntos que no viene al caso contar).
Llegó a resolver Crispín el orientar sus pasos por ese camino. Mas descubrió que ello implicaría la disección de animales, además del estudio de las matemáticas y otros dominios que pensó, lo serían para otros, pues él no los dominaba en absoluto.

No habiendo, pues, encontrado su vocación, resolvió Crispín elegir las materias a estudiar por eliminación. Esto es, evitó estudiar todo aquello que le resultara más costoso. Así, la primera vez en que vio se obligado a elegir, asunto éste que, como ya se ha referido, resultaba  harto dificultoso a Crispín, el de indecisas neuronas, decantase por la única opción en la que no tenía que tratar los asuntos de la matemática. En la siguiente ocasión hizo Crispín lo propio respecto de la  lengua del Imperio Romano. Al fin, pensó, no teniendo vocación por el estudio de ningún saber concreto, lo importante es obtener el título. Mas, ¡oh, sorpresa!, viéndose obligado por el sistema elegido para irse librando de  aquello cuyo estudio  le resultaba más arduo, vio se obligado a estudiar la lengua y cultura de los adoradores de Atenea, la de ojos de lechuza, y descubrió que tales saberes si le eran gratos de estudiar, aunque no se dedicaría a ello después por no reencontrarse con la lengua del César.

Puso se Crispín, a reflexionar sobre todo lo acontecido en su accidentada vida y su paso por el instituto y lo que de ello le había resultado provechoso y llegó a la conclusión de que en lo referente a sus trabajos, nada o casi nada pudo aprovechar, pero sí nació en su ánimo una afición por la observación/contemplación de la Naturaleza; por la Filosofía y Mitología clásicas. Eso sí, todo ello como afición, como recreo del alma, pues la experiencia ha demostrado a Crispín que, aquello que de vocación pasa a obligación, deja de ser vocación para pasar, en muchas ocasiones a convertirse en algo tedioso.

Por todo ello resolvió Crispín tomarse la vida con calma viviendo el presente sin pensar demasiado en el futuro, pues la experiencia le enseñó que las cosas rara vez resultan como se pensaba…

En cuanto a crear un lema para mejorar el mundo he aquí una combinación de dos muy conocidos, pero que juntos podrían ayudar a que haya” buen rollito” entre las gentes:

«Vive y deja vivir »

Teniendo en cuenta  y aceptando que  hay gente “pa tó”

 Y COLORÍN, COLORETE,  POR LA CHIMENEA SALIÓ EL “GÜETE”

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