EL RÍO DE SUZANNE

 FRANCISCO J.GALÁN CALVO

mariajesusblazquez.com-57-detalle-jaca-navidad-2010Otoño de 1983. Primer curso de bachillerato. Intentado recordar, intentado investigar qué era lo que pasaba en aquel instituto –que entonces era un Mixto y no tenía un nombre de alguien que conocimos cuando nos pusieron una estatua en la entrada, entre los árboles del paraíso y el chorro del estanque – dentro y fuera de la clase «F». El mundo entonces era muy pequeño, pero no porque se hubiera globalizado, sino porque entonces ni siquiera éramos Europa. Que el año anterior habíamos tenido un mundial de fútbol que perdimos como siempre en cuartos y hacía dos, un golpe de estado. El mundo era bipolar, patológicamente diferenciado entre los buenos a este lado del telón y los malos, al otro lado. Para algunos, pasar por el Instituto era el tránsito antes de hacer la mili, que era cuando “realmente  te convertías en hombre”, porque lo de la universidad estaba muy lejos y en algunos casos ni estaba. Con catorce años recién cumplidos era muy difícil que uno pudiera saber qué iba a suceder más allá de lo que ocurría el fin de semana. No eras un niño, o bueno, eso era lo que te decían en casa, pero tampoco un hombre: el instituto se convertía entonces en una especie de Limbo o Purgatorio por el que podrías pasar sin pena ni gloria, redimir pecados, cometerlos, ser castigado o bendecido por las notas antes de llegar a lo que luego sería, si llegabas, el verdadero proceso de selección: la Selectividad y continuar estudiando o a trabajar, que ya era hora de redimir tus pecados con el sudor de la frente.

  [No sé cómo me está saliendo esto tan religioso, si yo además elegí ética]

Ibas a empezar una nueva etapa, que acabaría cuando hicieras el servicio militar, en un mundo hasta ese momento de vaqueros y soviets, de misiles nucleares, de base de los americanos a pocos kilómetros de las afueras de la ciudad. Y allí comenzaba a ir un tipo como yo, en el que sus padres depositaban la responsabilidad de alcanzar algo que ellos no tuvieron siquiera como oportunidad: estudiar más allá del proceso de educación obligatoria. Todo nuevo, todo diferente y con unos espacios que ni podía imaginar en el colegio donde terminé la entonces EGB: venía de estudiar en unos bajos alquilados en un edificio de la entonces periferia de la ciudad, en los enlaces de carretera; sin un espacio donde ir al recreo propio, utilizábamos el campo de fútbol de tierra y piedra, con una charca que se helaba en invierno y en verano se llenaba, si no se había secado, de renacuajos; raro era el día que no salíamos con cuqueras o sietes en el pantalón, si llovía, con barro hasta las cejas, si aventaba con tierra hasta debajo de la piel.

Comenzaba a estudiar en un espacio diferente, con bedeles que mandaban mucho, bar, gimnasio, huerto y laboratorios. Y aquí empiezan mis recuerdos con «Su» «Suzanne» [me ha dicho que la recuerde como la canta Leonard Cohen dulce y melancólica. Pero para mi ese año sonaba Iron Maiden y su “Piece of Mind”, Alan Parson Projects y el “Eye on the Sky” el Lick it up de los Kiss,  el War de U2 o el “Sweet Dreams” de Eurythmics. Los fines de semana los escuchábamos en “La Cama” un pub de los de entonces, que luego se convirtió en el “9 por 8 menos 3”. Y eso que con catorce no te dejaban entrar y el resumen de lo que ahora es botellón se convertía en comprar un litro de cerveza entre seis y beberlo antes de entrar en aquellos garitos de los alrededores de la calle Supervía donde íbamos a jugar al futbolín]. Ella ponía otra banda sonora, con esa forma de hacer. De entrada eso de no llevar libro de texto, desencajaba. O más bien encajaba en lo que ella quería hacer. Sus clases tenían algo de manualidades. De hecho tuvimos que comprarnos una colección de recortables con las que aprender a diseccionar, sin escarpelo ni bisturí, una rana, una paloma, un gato, una flor y sus órganos reproductivos, un señor y sus atributos o una señora embarazada. Como tenías que montar pieza a pieza, y ordenarla como venía en las instrucciones, la minuciosidad con la que aprendías era lenta, pero segura. Y después de haberte aprendido todo sobre las células, también aprendimos a distinguir las rocas metamórficas, de las sedimentarias, de las volcánicas y de estas, las que eran plutónicas. Desde entonces cada edificio rodeado o decorado con piedra para mí no es el mismo. Y cuando «Suzanne» nos ponía en invierno, diapositivas de edificios de la ciudad identificando materiales, todavía recuerdo cuando paso por sus grandes columnas, al del entonces Banco Hispano Americano y aquellas concentraciones en forma de círculos negros producidas, me parece, por la acción magnética sobre la mica.  Mi padre había trabajado durante algún tiempo, con mi abuelo colocando suelos de diferentes piedras, como marmolista y una de las muchas discusiones adolescentes con ambos -se me ha olvidado decir que a mi siempre me ha gustado discutir mucho y a veces, aunque pocas, con razón- fue para decirles que no todo era mármol, que había cosas que se llamaban granito, que había otras que eran sedimentarias y otras que por el efecto de la presión y la temperatura se transformaba. De aquello, a mi me ha quedado siempre la intención de buscar piedras y mirar mucho al suelo o el significado de los paisajes y ver  la tierra que piso de otra manera. Hasta soy capaz de ensimismarme buscando fósiles, incluso donde no los hay.

Me ha venido a la cabeza aquella semana santa ya del 84. Nos mandó a disfrutar de la recién estrenada primavera con deberes. Mira que raros tú: leer un libro que todavía conservo. Un libro de campo de Joaquín Araujo, lleno de dibujos y cuestiones concretas de los animales que estaban en peligro entonces y alguno como el bucardo, apunto de desaparecer. Y me llevé el libro al pueblo. Buscando entre las piedras encontré un cráneo más que repelado de lo que pudo ser un gato montés, y una pluma negra de buitre leonado. Recuerdo también discutir de nuevo con mi padre porque le decía que hace miles de años aquello había sido un mar, que lo de las piedras en forma de paloma o de pichón, si se le daban la vuelta eran conchas de piedra. Él ya lo sabía pero era más fácil explicarlo de esa manera.

Otro recuerdo viene cuando se acercaba el verano y ya estábamos preparados para hacer  las disecciones: un mejillón (desde entonces mi relación con este molusco cambió y mucho: comerse de algo el corazón, los pulmones, el órgano reproductor y el excretor de golpe y con mayonesa picante se ha convertido en un acto de gran impacto caníbal), una gamba (con esta me sirvió para ir a las bodas y no mancharme nunca los dedos, creo que se merece un buen trato y se proceda la disección con cuchillo y tenedor) y una señora sardina (que desde entonces siempre me fijo en sus líneas de flotación y si tiene o no, cuando las limpio – o más bien vuelvo a diseccionar- huevas en su interior, porque aquella las tenía y un par de agallas de lo más interesante)

En aquellas clases lo importante no era la nota –he buscado el famoso libro azul para ver qué es lo que conseguí que «Suzanne» valorara- y no pase de un escaso Bien. Eso ahora, cuando lo ves con perspectiva diferente es lo de menos, entonces no. Y lo digo porque hubo otras cosas que fueron más importantes para mi en sus clases: el descubrir que el mundo se puede interpretar de muy diferentes formas, que hay mucha información en lo que te rodea, las piedras de una casa, la tierra que pisas, el aire que respiras, las cosas que comes. Me enseñó a mirar de otra forma, sin juzgar, porque en todo existe una razón, un porqué, un sentido: un río discurre por donde discurre hoy pero unos pocos cientos de miles de años antes o después, no. Y «Suzanne», como en la canción, te llevaba a ese río y te enseñaba a mirar. A descubrir que existe una lógica en los procesos de cambio, no digo evolución, digo transformación, que no es lineal ni simple: es compleja y plural.

Esta perspectiva, en parte me ayudó a ser lo que soy, a construir una posición crítica que puede encontrar un punto de relatividad en todo lo que ocurre: a ver los problemas como algo pasajero pero que es necesario afrontar con vehemencia, con interés y a colocar todo en un espacio y un tiempo, en un contexto.

A veces la vehemencia se identifica con la pasión y eso también es algo importante a transmitir a quienes están en proceso de transformación., a los adolescentes que tienen que salir de ese limbo y convertirse en los futuros ciudadanos responsables de continuar en esta sociedad activa y vívidamente vivida.

Terminé estudiando Trabajo Social, que aparentemente tiene poca relación con las ciencias naturales. Mi ámbito de actuación es el de atender a personas que tiene problemas, en especial aquellas que padecen una enfermedad mental. Pero lo importante no es dónde trabajo desde hace casi 20 años si no que aquellas clases y en otras en las que he podido conocer esa misma perspectiva de orientar tus acciones al respeto y el compromiso con todo lo que te rodea, me enseñaron a tener un interés por la exploración, de respetuoso investigador de lo cotidiano y de la importancia que tiene eso en la individualidad y particularidad de cada uno. Y a ser curioso, a aplicar todas estas cosas al trato con personas que tienen cada una de ellas una diferencia que las hace irrepetiblemente únicas: tienen una enfermedad, su enfermedad; como quien tiene un sombrero; cada uno diferente aunque todos sean de fieltro o de paja; que es suyo y de nadie más, con su propia idiosincrasia y su particular forma de llevarlo.

Es ese uno de los grandes valores: no una nota o una puntuación, sino que alguien pudo tener espacio para transmitir la necesidad de ser capaz de movilizar la parte inquieta que todos llevamos dentro y descubrir qué es lo que te rodea y buscar su significado, para comprender, para respetar, para compartir y para crecer y crear con tu alrededor espacios donde sea agradable vivir y ser vivido. Si no hubiera sido por eso – bueno y por otras muchas razones – todavía estaríamos, como monos que somos en el árbol, en vez de bajar y navegar buscando las naranjas que vienen de la china y viendo que hay héroes en las cloacas entre las flores y la basura[1].

Francisco J. Galán Calvo

Antropólogo y Trabajador Social

Responsable Departamento de Integración

Fundación Rey Ardid

Profesor Asociado

Facultad de Ciencias Sociales y del Trabajo

[1] Leonard Cohen dixit.

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