CONVIVÍ CON UNA ENFERMEDAD ENTONCES DESCONOCIDA

 A.X.

Compartí estudios  y vivencias con  una enfermedad silenciosa y desconocida en aquella  época.

mariajesusblazquez.com-DSCN3854Entré en el mixto Ocho como alumna hace casi treinta años, y parece mentira. Es difícil llegar a computar el paso del tiempo cuando vives, como es mi caso,  tan cerca del monolítico edificio gris desde hace unos cuantos años  con nombre propio, por siempre vinculado a mis recuerdos, y muy presente pues sigue ligado circunstancialmente al entorno de mi ambiente cotidiano  y de  mi vida.

Al entrar nuevamente en las instalaciones, pues tengo la gran suerte de que mi hijo estudie actualmente allí, me veo a mi misma subiendo y bajando las escaleras de acceso a las aulas, entrar en el gimnasio, acudiendo al patio en las horas de recreo.

Mis recuerdos de los 4 años pasados en el instituto son diversos. Acudir  a las clases, encontrar nuevos profesores, diferentes compañeros, nuevos  retos son los mismos que tiene cualquier adolescente en la misma circunstancia, con mayor o menor ilusión y expectativas. Recuerdas con cariño tus asignaturas favoritas  (Ciencias Naturales, Historia, Francés, etc.) Y con cierto respiro tranquilizador, aquellas que costaron más de un fin de semana de encierro voluntario, para poder comprender, desarrollar y memorizar, pues no eran santo de tu devoción.

Tengo imborrables imágenes en mi retina, de aquellas clases en las que, cierta profesora de Ciencias, entre largas y profesionales disertaciones sobre organismos unicelulares, estructuras y aparatos digestivos de todo tipo de vertebrados, de repente, y de forma sutil, en ese momento crítico en el cual, nuestras mentes se perdían ante tanta dialéctica de terminología  específica, nos sorprendía. Ella retomaba nuestra atención perdida provocando una auténtica regresión hacia la realidad, con divertidos comentarios sobre las últimas noticias para el cuidado de nuestra salud dental, hábitos de limpieza cotidianos, alimenticios, etc. Temas de muy diversa índole con los que conseguía (y por lo que sé, sigue consiguiendo) que sus alumnos volvieran a centrar su atención en el tema explicado.

Siempre me gustaron esas clases, y por cierto, casi siempre tuve notas memorables además de aprender a conseguir retener la atención de la gente pues yo también utilizo su sistema, para captar la atención de la que me escucha.

Podía haber sido un estándar de adolescente tipo, que estudia felizmente en un instituto en aquellos años, pero por circunstancias especiales, sé que no lo fui. Desde 1980 a 1984 compartí estudios y vivencias con una enfermedad silenciosa y desconocida en aquella época, pero muy en boga en la actualidad denominada «anorexia nerviosa». Una amiga muy poco recomendable que apareció en mi vida de repente, y sin ser invitada.

A principio de los 80 se desconocía totalmente y hasta que cierta princesa británica, casi un lustro más tarde, la pusiera de moda, he de decir que pocos entendidos prestaban excesiva atención a la inapetencia de una caprichosa y prepotente adolescente. Esos años tan fundamentales para la formación física y psicológica de mi personalidad fueron muy duros y una auténtica montaña rusa de la que, con el tiempo, ayuda y mucha fuerza de voluntad, conseguí bajar y seguir adelante. Y puedo contarlo. Muchas otras adolescentes, en mi misma situación, no han podido superarlo y les ha costado la vida. Por ello, me considero muy afortunada de haberlo logrado.

Al entrar en el instituto la pérdida de peso más cuantiosa la había sufrido  los meses anteriores. He aquí que el deterioro de mi aspecto físico no  fuera percibido ni por mis nuevos compañeros ni por mis profesores pues ya me conocieron con  aspecto enfermizo. Comía lo mínimo, estaba siempre helada  de frío y mi temperamento  era esquivo, por lo que nunca quise ser voluntaria para nada ni destacar en nada. Mantener una relación en sociedad con este problema es muy duro. Y aunque tenía compañeros y amigos que me animaban a participar en sus juegos, sus salidas  de fin de semana, o me invitaban a estudiar en sus casas, etc. Prefería el aislamiento, para no tener que compartir ciertas costumbres con ellos. Todas  ellas relacionadas  con la comida y el esfuerzo físico, ya que mi organismo llegaba hasta ciertos límites, y no me apetecía dar explicaciones a personas que según mi criterio, nunca llegarían a entenderme y, sólo cuestionaban mi actitud.

Una de las pocas personas que se dio cuenta de que algo ocurría  sin saber el qué, fue un docente de la asignatura de educación física. En una comprobación general de las pulsaciones cardíacas posteriores a la realización  de  un ejercicio físico intenso, se dio cuenta que las mías eran muy inferiores a la media. Esto, llamó poderosamente su atención. A partir de entonces cada vez que realizaba una actividad junto a mis compañeros, comprobaba mis resultados. Mi aspecto físico tan débil y mi capacidad de aguante, que  yo procuraba con gran esfuerzo fuera como la de los demás, le extrañaban. Así que  durante una larga temporada, fui objeto de su estudio. Pero mi mente, al sentir atacado mi cuerpo, amplió considerablemente  esas exigencias, y siempre tuve la sensación de que se me pedía mucho más que al resto de mis compañeros (esta apreciación era tan personal que jamás comenté nada pues  mi orgullo y mi timidez no me lo permitían). Sufrí en silencio lo indecible, agotada, odiando la asignatura hasta el extremo de provocarme verdadera angustia vital. Sé, con el paso del tiempo y con un criterio mucho más objetivo, que esos esfuerzos no fueron tan grandes, (dar varias vueltas más al gimnasio cronometrando el tiempo, o saltar 3 veces más el plinto  etc.) pero en aquellos años,  yo me sentí atacada. No obstante, intenté buscar una solución para el problema de una manera silenciosa y a largo plazo, pues nunca falté a clase y era importante para mí aprobar dicha asignatura. Al año siguiente me las ingenié  para matricularme en el bachiller nocturno, dónde las clases de educación Física no se impartían. Y de esta manera solventé el problema, pudiendo seguir estudiando de una forma más tranquila y adecuada  a mi  capacidad, empezando por fin a darme cuenta, que estaba mermada debido a la enfermedad.

Aprovecho aquí para dar un pequeño toque de atención y que la gente sea consciente de hasta que niveles puede afectar una «compañera de estudios» tan intensa como es la anorexia.

El nivel de autodestrucción personal puede llegar a ser  extremo e incluso puedes acabar muriendo. Con una estructura ósea  fuerte, y 1.62 metros de altura llegué a alcanzar los 36 kg de peso. Un auténtico cadáver andante con sudadera y vaqueros. Se sufre mucho pues nadie te entiende .Notas como la gente te mira de arriba abajo extrañamente, incluso con miedo. Crees  firmemente que tu pauta de actuación es la correcta, y te conviertes  en una enemiga de la sociedad y sus comportamientos. Porque en sociedad, todo se hace comiendo. Para celebrara algo, se organiza un festín, abrimos una exposición con «un vino español» damos un premio a alguien y lo celebramos   con una comida abundante etc. Y como estudiante, no podía ser menos. Esos bocadillos  de grasa e hidratos de carbono tan nocivos para el cuerpo que mis compañeros se zampaban a la hora del recreo, y que yo miraba y reprochaba  convencida  del gran perjuicio que ocasionaban a sus organismos. Recuerdo unas clases de francés dónde el profesor se propuso mostrarnos la gastronomía del país haciendo una «degustación de Quesos». ¡Mon dieu!, yo solo me preguntaba, ¿qué demonios pintan tantos quesos entre la grammaire française?      Y tantas cosas, que provocan tu exilio del mundo. Porque tú no entiendes  que alimentarse es una necesidad básica, y conseguir comer cada vez menos y poder subsistir es vencer el cuerpo sobre la mente hasta que el cuerpo cae derrotado.

Sin embargo, nadie sabe hasta qué extremo, los anoréxicos, podemos   interesarnos por todo aquello que odiamos. La composición de  los alimentos, la elaboración de los mismos, su transformación. Jamás podrá  imaginar  aquella profesora de ciencias con qué interés devoraba sus clases  referentes a los  procesos digestivos, la correcta nutrición, el cuerpo humano etc. Recogemos todos los datos en nuestro ordenador personal y los procesamos posteriormente no como deberíamos hacerlo sino en función a la utilidad que en ese momento  nos interesa. Por mi cuenta llegué a aprenderme larguísimas tablas de calorías por tipología de alimentos, en gramos, en kilos. , de forma que cuando veía comer a alguien calculaba exactamente su ingesta calórica  e incluso veía  mentalmente como la grasa se podía depositar en su organismo.  Demencial.

Asistí al curso nocturno  y allí me encontré  un ambiente más diferente.  Los asistentes eran normalmente gente de 20 años en adelante  que trabajaba y quería terminar sus estudios.  Los admiraba. Estuve a gusto allí. Nadie te hacía preguntas, había menos interrelación personal, cada uno iba a lo suyo, no tenías que juntarte  para hacer trabajos con los compañeros. Fue una año rápido e interesante. Y allí es dónde creo empecé a ser consciente del problema.  Aunque para realizar el curso de Orientación universitaria volví nuevamente al diurno.        Otra vez con mis antiguos compañeros. Pero desde luego,  asegurándome  que entre las materias a estudiar, no tendría una denominada «Educación Física».

Empecé a mejorar poco a poco en el último año, gracias a la inteligente ayuda de mis padres, a los cuales durante ese periodo de tiempo  les hice pasar por momentos muy duros pero que nunca abandonaron y siempre estuvieron pendientes de mí. Las visitas a médicos más afines al problema (pasé por las manos de tantos profesionales), aunque esta problemática requiere mucho esfuerzo personal y voluntad para salir de ella. Y lo conseguí. Me di cuenta del error cometido y empecé poco a poco a colaborar por luchar contra el problema. Costó mucho volver a la normalidad y ahora, tantos años después todo lo recuerdo como una «prueba de vida» que me privó de disfrutar muchos momentos que ya no volverán. No obstante, terminé mis estudios, estudié mi carrera y me convertí en una persona normal y corriente, un lujo que me encanta. Pero también en una vencedora yo así lo percibo y me siento muy orgullosa de ello. Sé de mucha gente que no puede decir lo mismo, ya por continuar con el problema, o por haber muerto.

Me apena no haber disfrutado de esos años de instituto como podía haberlo hecho y me alegra enormemente ver como mi hijo lo hace actualmente.  No puedo volver atrás pero de todo se aprende. Quizás contar estas experiencias negativas, que tal vez puedan ser afines a otras personas, puedan ayudar a mejorar la calidad de vida de quienes las sufren o a concienciar a los que se encuentran en su entorno. Y poder entender un poquito por lo que están pasando. Hay bastantes cosas en este mundo  por las que luchar arduamente como son la familia, los amigos, los  estudios,  el trabajo, etc. como para que una  misma destruya lo más preciado que se tiene. La vida, de la que hay que aprovechar cada momento. Es ella quien te da el resto, y un regalo que  no hay que tirar por los suelos.

«Carpe diem».

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