ABRIENDO PUERTAS

ELSA ISLA

Las horas pasan en penumbra y yo ni me entero de que el mundo sigue girando.corazón azul

Estoy en un mundo paralelo, dentro de una especie de cueva, tan al fondo que nadie puede acceder a ella, sólo estamos nosotros dos.

Sentirme tan viva, tan humana y tan animal a la vez, es sin duda, lo mejor que ha pasado en mi vida.

Bailes, jadeos, suspiros, gemidos, sonidos que no conocía, una fuerza bruta que nunca antes había estado en mí.  Y así, inmersa en esa preciosa locura, de mi cuerpo sale otro, pequeño, hermoso, mojado.

«Su» no tiene ni idea, quizá no recuerde mi existencia, pero mi hijo acaba de nacer en la intimidad de mi hogar y ella tiene algo que ver en esto.

Los años de instituto pasaron para mí como una pequeña guerra, con el mundo, con el sistema, con los «iguales», conmigo misma.  Años difíciles, de amor y desamor, donde luchas por encontrar tu lugar y situar (en tu mente) a cada uno en el que crees que le corresponde.

Siempre me he sentido atraída por la gente «especial».  «Su», sin duda, lo era.

Un aula con 25 adolescentes, tal vez más.  Se escucha el audio de lo que debe ser un vídeo, no hay imágenes.

Gritos, suspiros, jadeos, gemidos…

-¿Qué creéis que están haciendo? – pregunta «Su» -.

Nos entra una risa floja, sólo los más lanzados se atreven a responder, entre carcajadas

-¡Follar!

Y entonces aparece la imagen: Penumbra. Una mujer «en una cueva», en otro mundo, pariendo a su hermosa criatura.

Eso era magia. Nunca había visto nada tan hermoso. Después de aquello llegué a casa y me puse a buscar vídeos de partos. Habré visto miles.

«Su»  abrió en mí una puerta hacia la conexión con la naturaleza, aunque en aquel momento, como tantas otras cosas que se aprenden en la vida, no lo supe.

Necesité que pasaran muchos años, y tuve que vivir la experiencia del nacimiento maltratado de mi primera hija para poder verlo, pero como bien se dice: «más vale tarde que nunca».

Cuando nació mi primera hija, después de un parto inducido, químico, tóxico, envenenado, deshumanizado, con un vientre rajado, horas de interminable espera, yo sola, en una sala fría, deseado poder tocarla… Cuando por fin pasó todo aquello, y por fin pude tenerla en brazos, se abrió la segunda puerta.

La intensa crianza de mi hija me unió de nuevo con la naturaleza. Una crianza basada en el respeto y con la teta por bandera.

«Su»  era especial.

Recuerdo una imagen.  Debía ser una mujer, pero ese torso desnudo, con unos senos diminutos, no lo dejaba muy claro.

– ¿Pensáis que estos pechos pueden producir leche? -pregunta «Su» –

Entre silencio y medías risas andan las respuestas.

– Esta mujer amamantó a sus gemelos sin necesitar nunca un biberón.

Sentí una especie de alivio, yo que tanto deseaba que mis tetas crecieran, ¡y no lo hacían!, que apenas tenía unos pezones dibujados en el pecho… Tal vez no iban a ser unas tetas llamativas, pero funcionar, funcionarían.

El parto, la lactancia, la unión madre-hijo, el ADN, los transgénicos, la vida y la historia escondidas en una roca, el gneis de aquel portal de la avenida Madrid, que viene de Guadalix de la Sierra, donde está la casa de «gran hermano», conocer el funcionamiento del corazón y los pulmones con órganos reales de no sé qué animal, las sesiones de relajación en las que 25 adolescentes hormonados nos transportábamos a un bosque y nos encontrábamos con algún ser que nos mandaba un mensaje desde el fondo de nuestro interior…

Había tantas cosas en sus clases, en su forma de hablar, de estar, de transmitir su sabiduría y su energía que fue imposible que no dejara huella.

Tantos maestros, profesores, adultos, pasando por tu lado a lo largo de tantos años de escolarización y tan pocos con la capacidad de conectar, de atraer, de entusiasmar.

Pero «Su» era especial.

Su ternura, su voz pausada y sosegada, sus pequeños tacones, su vestuario cuidado y combinado al detalle, sus ojos verdes llenos de luz y de ilusión, su forma de tratarnos, teniéndonos en cuenta, siempre desde el respeto.

Han pasado muchos años. Hoy tengo 31, así que haciendo cuentas, diría que han pasado 16. Muchas cosas han cambiado, pero la huella siempre queda.

Sigue gustándome la gente especial. Tanto es así, que hoy trabajo como maestra de Educación Especial, con muchas personas muy diversas, con una variedad de capacidades y necesidades tan amplias que no permite seguir un código, un método concreto, un libro.

Lo maravilloso de la Educación Especial es que requiere que cada persona sea tratada y considerada como única, desde el más profundo respeto, y te obliga a buscar el modo más adecuado para responder a sus necesidades, a conectar con ella, a enseñar a través de la experiencia, de lo vivido, del propio cuerpo, de lo real, del tacto, del alma.

Hoy por encima de todo, soy madre de dos hermosas criaturas (pronto serán tres), que me han regalado las mejores vivencias, y gracias a las que he podido conectar conmigo misma, con mi ser, con mi esencia, con la naturaleza, con todo aquello que Su nos enseñaba.

Gracias «Su», por abrir esa puerta.  Gracias por dejar huella.

                                                                                            Elsa Isla

 

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