ABRÍA LOS OJOS Y ME LOS FROTABA

CAMINITOS DE LUZCHEMA RUPEREZ DÍEZ

Hace ya varios meses que María Jesús me envió un correo para escribir acerca de mis años de Instituto y hasta ahora no me he atrevido a empezar a escribir. ¿Por qué?  No lo sé.  Lo cierto es que tenía unas enormes ganas de hacerlo pero a la vez el papel en blanco me provoca un vértigo que me inmoviliza, me deja inerte ante el teclado….  Será solo que me siento desnudo ante mi escasa capacidad para redactar.  La Universidad no me sirvió de demasiado a ese respecto.

Y esto es algo que quiero resaltar.  En la Universidad obtuve muchos conocimientos con los que luego me he ganado la vida, hice compañeros y amigos pero no me aportó ni una parte de Luz, de Energía, de Riqueza personal de la que me aportaron mis años de Instituto.  Muchas veces he pensado en los motivos para ello y siempre he llegado a la misma conclusión: la diferencia estaba en los dos elementos básicos de toda etapa formativa,  profesores y alumnos.

Y en lo que respecta a mi relación con tu familia y en particular contigo, hay algo que siempre me ha unido con vosotros pese a los años, la distancia y nuestras experiencias.  Porque entiendo que, y esta forma de entender el mundo creo que te la debo a ti, la energía fluye entre nosotros y nos lleva a sitios y personas insospechados, nos liga a ellos de por vida.  Me explico.

Desde 1993, vivo en Huesca, tengo familia y actualmente trabajo en Zaragoza. Si hablarais con cualquiera de mis tres hijos o con su madre sobre mi experiencia en el Instituto estoy seguro de que os dirían que siempre he hablado de aquellos años con sumo cariño, tal vez veneración (“papá es un pesado con eso”), transmitiéndoles cosas que por desgracia yo viví pero ellos no han sentido cuando les ha tocado ser alumnos de secundaria.  Ni siquiera mi mujer que es profesora, ¿qué coincidencia!, de Instituto?

Bueno, a lo que iba.  De aquellos años también me quedó mi respeto al medio natural, a lo que vemos, pisamos, respiramos y sobre todo, comemos.  Y como consecuencia de ello nos planteamos contactar con una gente que habría emprendido una “aventura” de agricultura alternativa.  Aquí cerca, en Lierta.  A los pies de Gratal.

Dimos con ellos.  Un tal Guillermo.  Un tío amable y majo.  Nos suministran semanalmente una caja de productos de la huerta de temporada.  Naturales.  Como los que los cultivan.

Después de varios meses de trato comercial (hay que recuperar esta palabra, en su esencia es bonita), una tarde vuelvo a casa después de trabajar y se abre la puerta del ascensor, en mi planta.  Las dos hojas de la puerta se abren despacio,  a ambos lados, y poco a poco va apareciendo bajo la luz de la lámpara del rellano una figura, una persona con una caja de verdura entre los brazos que se disponía a entrar en el ascensor que yo dejaba.  Hola.  Hola, hasta luego.  Algo dentro de mí se movió, se despertó, no sé en qué parte de mi anatomía, ¿el corazón? ¿El cerebro?  Ese hombre… no es Guillermo, no es una persona cualquiera para mi,… no puede ser.  “Chema, no es posible, tus recuerdos del Insti a veces te juegan malas pasadas, los sobrevaloras”. “Las llaves de la puerta de casa…  A ver dónde las he puesto esta vez.  Qué extraño”… No, no es posible.  ¡30 años después! ¿En Huesca? ¡Si a excepción de mis amigos de siempre no he vuelto a ver a nadie de entonces…!”.  “Si, si, tenían un hijo casi que recién nacido cuando acabamos el insti, que, que…. se llamaba Guillermo. Cuando nació los del grupo de montaña le regalamos una tienda campaña, ¡pero de indios!,

Marta, Marta…! ha estado el de la Huerta Gratal ahora mismo?  “Sí, Chema”.  ¿Y cómo se llamaba la persona que ha venido hoy?…… “Rafa, se llama Rafa” y me ha dicho que es el padre de Guillermo”.

  ¿A qué ya entendéis lo que quería deciros con eso de que la energía nos liga a personas, a sitios, a hechos?

Os cantaré otro pequeño detalle.  Tuvo lugar hace 37 años.  Yo empezaba 1º de BUP en otro de aquellos Institutos prefabricados que la democracia se apresuró a construir con motivo de la reforma educativa.  Había que abrir las puertas de la educación a todos los ciudadanos.  Aire fresco llegaba, tal vez no el suficiente, pero llegaba a la educación.

El mío era el Mixto nº 9.  En el barrio de San José.  Entonces yo vivía allí y en los campos de alrededor de aquel edificio nuevo me liaba a pedradas con otros zagales, y porqué no reconocerlo, también con perros y gatos.

Empieza el curso.  Primero de BUP.  En mi familia obrera aquello era todo un hito.  ¡Alguien de casa conseguía acceder a algo más que la enseñanza obligatoria que entonces acababa con 8º de EGB! Mi madre y mi hermano estaban orgullosos.  Yo estaba acojonado.  Si acojonado.

Me gustaba estudiar, era aplicadillo, no especialmente inteligente pero trabajador.  Pero el colegio Nacional al que había ido era tan viejo, tan cutre, tan opresivo,…. era un colegio más de la época.  No era religioso, no había curas ni monjas pero tampoco los feligreses que lo ocupaban se quedaban a la zaga de las Órdenes más estrictas. También había hostias.

Comienzan las clases en el Instituto en aquel 1º de BUP.  Muchas cosas me dejan perplejo ya allí.  Los profesores, ¡son jóvenes!, a alguno lo estamos esperando, “llegará de un día a otro porque está acabando la mili”.  Y vienen a clase, no gritan, nos dejan sentarnos donde preferimos, sonríen, ¡SONRÍEN!, no hay imágenes de vírgenes, ni santos, ni…..  Nos hablan como a personas, jóvenes, casi niños, pero personas.  Nos sentimos respetados.  Eran los nuevos “mixtos”, a los que nadie se atrevía a ponerles nombre todavía porque aparte de que no les había dado tiempo, igual era mejor no abrir la puerta a más conflictos en un país que en 1978 tenía tanto miedo como esperanza.  Pero, ¿qué nos importaba el nombre?  ¡Yo abría los ojos y me los frotaba, una y otra vez! Teníamos bar donde los profes y los alumnos más mayores se atrevían a pedirse un vino y se lo ponían, o se podía fumar.  ¡Ya sé, ya sé!.  Ahora esto vuelve a estar afortunadamente prohibido pero por distintas razones. Entonces aquello era sinónimo de libertad, de libertad personal, de aire fresco…

Y teníamos un tutor.  En nuestro caso tutora.  ¿Quién será?  Si, la de dibujo.  Se llama…. se llama María Jesús.

Y aparece María Jesús Blázquez.  Sonriendo.  Aún recuerdo aquella sonrisa.  Aquellos ojos vivos, calurosos y curiosos que transmitían, tranquilidad, mucha tranquilidad, cercanía y sobre todo… confianza.  Eran unos bonitos ojos.

María Jesús nos explicó que era profesora de Ciencias Naturales pero que le había tocado dar dibujo a nuestro grupo y encima ser tutora.  Aunque nunca se nos quejó abiertamente me imagino que no le haría mucha ilusión pero lo cierto es que lo hizo de maravilla.  Nos enseñó y nos divirtió.  María Jesús, ¿te acuerdas de aquel chaval que se llamaba Pajarés?  Era un auténtico genio.  Nos dejaba a menudo con la boca abierta.  Era un tío hermético que dejaba entrever una mente y una mano prodigiosas.  ¿Qué habrá sido de él?  Hablabas mucho con él, pero no solo como profesora, sino como persona: yo seguía abriendo los ojos y frotándomelos.

El curso ya había tomado su ritmo y toca tutoría.  En mi casa es mi hermano quien se ocupa de esas cosas.  Y habla contigo.  Vuelve a casa contento porque la tutoría ha ido bien.  No hay problemas pero es que además María Jesús es una tía cercana, una profe que sabe y que además es humana… mi hermano también se quedó sorprendido contigo, ¡él, mi hermano y padre a la vez al que le había tocado torear con los Salesianos cuando fue estudiante!… y por si fuera poco venías de Soria, creo recordar que de San Leonardo de Yagüe.  En casa siempre añoramos Soria de dónde los padres tuvieron que salir para buscarse la vida y poder darnos un futuro.  Y allí, en Soria están los genes y siempre nos reclaman.  Cuando oímos hablar de la Tierra algo se reconforta en nuestro interior.  Y mi tutora venía de allí, de la Tierra, qué más se le podía pedir.  Seguía frotándome los ojos.

Algo que tenía que ocurrir había ocurrido.  Por fin habíamos contactado.  Estaba programado, tenía que ser así  y siempre nos uniría algún hilo “de energía” por tenue que fuera.

Ahora entiendo porqué 37 años después me encontré con Rafa en la entrada de mi casa, en Huesca y con una caja de verdura ecológica.  Porque ésta es la otra parte de esta conexión: obviamente no podía ser que Rafa llevara una guía de Ikea o una enciclopedia o… tenía que ser una caja de verdura ¡ecológica!

A estas alturas seguro que ya entendéis porqué me sigo frotando los ojos.

Pero no solo es por las “casualidades”, y sus hilos, que mueven nuestras vidas.

Llega 2º de BUP y toca cambiar de casa, de barrio y de Instituto.  No me hace ninguna gracia y me duele dejar mi barrio, mis amigos y mi Instituto pero es lo que toca….  Inicialmente me enviaban al Mixto 4, en el Barrio Oliver, lejos de mi nuevo domicilio.  Después de diversas vicisitudes, ruegos y favores y en el último momento, con el curso ya empezado, consigo llegar al Mixto 8.  Ahora tengo claro que no tendría que haberme preocupado.  Iba a ir si o si, quisiera o no, lo facilitara la Administración o no…

No voy a aburriros con más detalles.  Ya sabéis a quién volví a encontrarme en Monsalud.

Nuevos amigos, nuevos profesores y más de lo mismo.  La adaptación no me costó prácticamente nada.  Los nuevos compañeros y sobre todo los nuevos profesores volvían a ser maravillosos.  Bueno, no todos los nuevos profesores, casi todos.  Pero eso no toca aquí ni ahora.

Por esto último os quise y os quiero tanto.  Si, esa es la palabra.  Amor.  Me enseñasteis a ser mejor y sobre todo el significado de la palabra tolerancia y aceptación.  Y lo hicisteis dentro y fuera del aula.  No os olvidaré nunca y nunca lo he hecho.

Como ves, añoro aquellos años y por eso me apetece también incluir unos versos, en este caso del Quijote,

“Cosas imposibles pido

pues volver el tiempo a ser

después de una vez ha sido,

no hay en la tierra poder,

que a tanto se haya extendido.

Corre el tiempo, vuela y va

ligero, y no volverá,

y erraría el que pidiese,

o que el tiempo ya se fuese

o viniese el tiempo ya.”

 ¡Gracias, por estar en mi mente y en mi corazón, en mis recuerdos!

Chema Rupérez Díez

 

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